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Lugares

Secreto de Mallorca

Febrero 2018 | Lugares | Mallorca

Relajado. Es la palabra que te sale de la boca nada más desembarcar en Mallorca. Respiras y el aire huele a mar. Hay algo denso, suave, que te llena los sentidos. Te sientes relajado, sin tensión.
  • Secreto de Mallorca | © Tolo Balaguer
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  • Secreto de Mallorca | © Tolo Balaguer
  • Secreto de Mallorca | © Tolo Balaguer

Texto | Carlos Garrido
Fotos | Tolo Balaguer

 

¿CUÁL ES EL SECRETO? Se ha escrito mucha buena y mala literatura sobre “la isla de la calma”. Y las cosas resultan muy distintas a como las vieron los viajeros de hace sesenta o cien años. Pero incluso así, con los adelantos de la moderna industria turística, los hoteles, los cruceros, los pisos turísticos, las agencias inmobiliarias, los grupos de fiesta... Incluso así, respiras y sólo te sale una palabra. Relajado.

¿Qué hace de Mallorca un lugar tan especial? Nada más llegar, procuro desayunar en Can Joan de s’Aigo, una antigua chocolatería del siglo XVIII en el Carrer de Can Sanç. Allí todavía percibes la Mallorca de antaño. Gente que come una ensaimada antes de ir a trabajar, mujeres mayores cotilleando sobre el barrio, gente solitaria que dibuja en los periódicos. El tiempo circula lento y espeso como el chocolate o la “coca de patata”. Afuera el mundo sigue girando. Pero en el salón barroco, el tiempo parece haberse detenido. 

Y eso que Palma es una ciudad vectorializada por el turismo de masas. La zona del centro ha ido transformándose a medida que crecía el número de visitantes. Pasas por delante del ayuntamiento, por la plaza de Cort, la calle Jaume II, la Plaça Major, y apenas reconoces la ciudad de hace veinte años.

Abundan las heladerías, y las tiendas de ropa o “souvenirs” así como los artistas callejeros. Muchos comercios tradicionales han desaparecido, absorbidos por la subida de los alquileres y la presión turística. La sensación es de barullo y multitud.

Pero das unos pasos hacia cualquier callejón secundario y allí sigue la Palma levítica, silenciosa. De las ventanas cerradas y los susurros tras los visillos. Una ciudad monumental, discreta. Escenográfica con su imponente catedral, sus patios señoriales, sus conventos. Los bares “guiris” han ocupado algunos enclaves. Pero cuando cae la noche, el casco antiguo o Canamunt se llena de sombras, ecos, pisadas y presencias invisibles. El turismo no pasa de lo epidérmico.

Una cosa buena de la capital mallorquina es que todo puede hacerse a pie. Sales del centro y cruzas el lecho de la Riera, para entrar en las barriadas de extramuros. Santa Catalina, Son Espanyolet, el Terreno... Son antiguos arrabales hoy integrados a la ciudad, pero que conservan su personalidad. Santa Catalina, antes barrio de pescadores, es actualmente la zona de marcha nocturna. Hay bares y restaurantes de todo tipo. Lugares donde escuchar un concierto en vivo, como el Novo Café Lisboa. O tomarse una tapa en el Frau, dentro del mercado. Compartes local con muchos extranjeros, preferentemente nórdicos. Y mallorquines de nivel. Gente de barco y polo blanco.

La Mallorca-isla es otro mundo. Pero participa del mismo secreto. Desde el punto de vista humano, ya no hay tanta división entre “Ciutat” y “Fora Vila”. Cada vez son más los palmesanos y extranjeros se instalan en pueblos hasta hace poco anclados en el pasado. Todo se cosmopolitiza. Encuentras tiendas en Pollença o Alcúdia que podrían estar en Barcelona o Madrid. Te sientas en un bar rodeado de alemanes convertidos en neo-insulares. Podría ser la Provenza. Pero en más relajado.

Es una convivencia sin problemas. Los mallorquines de siempre viven su vida y dejan vivir. Y a cambio, los recién llegados disfrutan del paisaje, la calma, el cielo, la luz, el mar...

Todo en Mallorca incita al secreto, al ensimismamiento y a la querencia interior. Si quieres respirar ese relajo casi espiritual que transmite la isla, no tienes por qué buscar un sitio concreto. Está por todas partes.

Te basta con llegar a las montañas de Artà, y esperar a que caiga el crepúsculo. Allí no encuentras a ningún autocar. Y sin embargo, el espectáculo te llena el alma. Las piedras de la sierra van cambiando lentamente de color: del dorado al carmín, incluso al lila. Sólo turbadas por la estela de algún avión lejano o el vuelo de las gaviotas.

El secreto de Mallorca es que todo es secreto. No hay que buscar los paisajes de folleto para tener esa percepción del tiempo pleno y la revelación de los sentidos. La armonía de la isla, su pictoricidad, están en todos los rincones. Sólo hay que abrir los ojos, respirar y disfrutarla.

Alimento del espíritu
Palma no está considerada como un destino artístico, como Roma o París. Pero, a su medida, tiene grandes atractivos para los enfermos del “síndrome de Stendhal”. Es muy emocionante la visita a las terrazas de la catedral. Quita el aliento y te permite tocar el techo de la ciudad con tus propias manos. Todo un alimento para el espíritu.

También el Museu Diocesà te permite un paseo lleno de sensibilidad por los siglos medievales. Podrías pasarte horas delante del retablo de Sant Jordi, obra de Pere Niçard. Con sus pequeños detalles y su fondo de paisaje aflamencado.

Para una ciudad de sus características, Palma cuenta con muchas galerías de arte. Y varios centros de arte contemporáneo de primera fila: la Fundació Pilar i Joan Miró, el Casal Solleric, Es Baluard museo de arte moderno y contemporáneo, las fundaciones Juan March y Bartomeu March. Todos enmarcados en edificios de interés.

Vivencia del mar

No hay isla sin mar. Eso lo sabe cualquiera. Pero son muchos para los que el mar en Mallorca se reduce a las playas. Se pierde así la auténtica vivencia marítima. El mar es un paisaje que no ha cambiado desde la antigüedad. Hay que conocerlo. 

Uno siempre preferirá la excursión a Cabrera. Se sale de la Colònia de Sant Jordi y la travesía de 40 minutos parece un viaje infinito. Cambian las texturas del agua, los colores el fondo. Se ve la tierra como un decorado lejano, Y una vez en Cabrera, pisas otro mundo. Perdido en el pasado remoto. Lleno de historias y paisajes intocados.

Hay otras alternativas, como la excursión a Sa Dragonera, o las salidas desde los puertos de Sóller o Alcúdia. En todas ellas recuperas el corazón del hombre antiguo. Como escribió Baudelaire: “Hombre libre, siempre amarás el mar”.


CARLOS GARRIDO
BARCELONA, 1950. Escritor, periodista y divulgador. Ha publicado una cincuentena de libros, centrados en el mundo antiguo, la arqueología y el testimonio.

En el campo del testimonio, ocupa un lugar central el libro ‘Te lo contaré en un viaje’ (2002), en el que narra la historia de su hija Alba. Pertenecen a la misma serie La memoria de las olas (2010), La estrella fenicia, memorias taumatúrgicas (2014) y La gente bella no surge de la nada (2016).

Desde el año 2011 dirige espectáculos divulgativos sobre la historia y el patrimonio, que incorporan teatro, música e iluminación. Esta faceta dio lugar a la creación de la compañía Carlos Garrido Escènic.

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