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Ibiza Style

Lugares

Ibiza. Pura magia

Marzo 2018 | Lugares | Ibiza

Te pasas la vida persiguiendo algo que obre cambio y poder. La puerta, el talismán que altere tu vida y te lleve a nuevos mundos. Parece siempre tan difícil y lejano... Pero muchas veces está muy cerca. Sólo hay que saber verlo.
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Texto | Carlos Garrido
Fotos | Tolo Balaguer, Vicent Marí

 

Eso ocurre con los paisajes. Un patrimonio del que la isla de Ibiza está sobrada. Paisajes para cambiar, paisajes con magia y poder. Ibiza es pura magia.

Resulta curioso que una isla secularmente pobre y atormentada por guerras y piratas se convirtiese de repente en un valor de futuro, precisamente a causa de ese pasado. Ibiza es una de las primeras marcas del mundo. Gracias a esas murallas renacentistas, esa catedral encaramada y vigilante en lo alto de Dalt Vila, ese panorama sobre Es Freos y Formentera. Pero gracias sobre todo a su embrujo.

Se descubrió en los años 60, cuando Ibiza fue el paraíso hippy. Y aunque los tiempos cambiaron, no perdió por ello su preeminencia internacional. La contracultura dio paso a las discotecas, el “house”, el “chill-out”, el turismo náutico, los chiringuitos en las playas, los restaurantes de nivel...

En Ibiza ciudad, Vila para los isleños, se da una combinación escenográfica entre lo pobre y lo lujoso, lo sumario y lo excesivo, el blanco y lo multicolor. Hay que sentarse en la terraza del Mar y Sol y ver pasar la gente. Es un espectáculo del que no te cansarías nunca. Cada personaje es una historia, una novela.

O te internas por los callejones de la Marina. Miras las tiendas de ropa, de caprichos. Ves el cielo muy azul asomando por encima de las calles blancas y estrechas. Algo te habla de libertad vital, de telurismo. Algo que te llega muy hondo y transforma tus contenidos.

Es indispensable un paseo por Dalt Vila, lo más sinuoso posible. Hasta la plaza de la Catedral, y los baluartes que miran a Formentera. Lo adusto de las piedras se combina con un panorama muy pictórico. Los aviones pasan casi rozando la catedral, pero allá abajo todo parece igual que hace siglos. El silencio. El hondo silencio de la Ibiza antigua. No se la llega a conocer sin ese paseo hasta lo alto. Sin estar un buen rato sentado en los baluartes. Perdiendo la vista entre los barcos, los islotes, la serpentina silueta de Formentera. Libertad de alma.

Ibiza tiene una larga historia de famosos, películas, música, vidas extrañas... Y todo eso se nota con sólo pasear por las orillas del puerto. Hay algo muy especial, vibrante, que no sabrías definir. Nunca falto a una cita: las llamadas “magdalenas ibicencas”. Una repostería propia de la isla que sirven sobre todo en el horno de Can Vadell. Tiene un primer gusto leve, un segundo profundo, y un trasgusto de felicidad. Si la degustas mirando al mar, en la antigua escollera y frente a los barcos, te sientes otra persona.

La isla está llena de secretos que también tienen magia. En invierno, una excursión por el norte, la zona de Corona, te permite admirar un paisaje que parece salido de un cuadro “naïf”. Los almendros floridos, las leves y femeninas colinas, las casas tan blancas. Es imposible no tener ganas de irse a vivir allí. Y no digamos si te acercas a Can Cosmi de Santa Agnès y pides la tortilla de patatas más famosa de toda Ibiza. Entre ibicencos, alemanes, ingleses, italianos, argentinos. Como si todos fuésemos compatriotas de una nueva nacionalidad.

La isla es una demostración de la sabiduría de lo popular. La inteligencia de lo iletrado. Los campesinos, pobres y aislados, construyeron con su experiencia y sentido auténticas obras de arte. Iglesias rurales magníficas, como las de Santa Eulària, Sant Josep de sa Talaia, Sant Jordi, Sant Rafel... O armoniosos “casaments” o grupos de casas payesas. Cúbicas, simples, tremendamente prácticas. Tanto que impresionaron a los arquitectos del racionalismo y la Bauhaus.

El protocolo humano resulta muy agradable. El forastero siempre es bien recibido. Y en pueblecitos como Sant Miquel, al lado de la estatua del poeta Marià Villangómez, te sientes como en casa. Porque hay algo de hogar grande repartido por toda la isla.

Y si un paisaje te afecta al alma, son las playas. Las costas largas como las de Es Cavallet o Sa Trinxa, donde te entran ganas de ser artista. De esculpir piedras complejas como las de los cantiles. Las calas como cala Salada o cala Mastella. Y las zonas todavía abruptas, salvajes, donde la magia de la roca y el mar te posee. Como ocurre en Punta Pedrera.

En Ibiza, cada minuto tiene valor. Cada respiración te llega al fondo de los pulmones. Cada mirada te llena de colores y volúmenes con significado.

¿Quién es capaz de seguir siendo quien era después de vivir la isla?
 

Es Vedrà, un símbolo
De todas las virtudes mágicas de Ibiza, destaca un símbolo. Parece una montaña clavada en el mar, a poca distancia de la tierra. Tiene unas paredes dramáticas y verticales, donde a veces se enreda la bruma. Su nombre es Es Vedrà.

De todas las magias de Ibiza, no hay otra tan atestiguada como ésta. En una pequeña explanada desde la que se contempla, se levantó en la antigüedad un santuario pagano. Y en algunas anfractuosidades de la roca todavía se conservan estatuillas de la Virgen y signos hippies. Todos saben que ese paisaje obra magia. Por eso le han atribuido desde una base de ovnis a misteriosas radiaciones o incluso revelaciones divinas.

No muy lejos, una antigua cantera de arenisca fue rebautizada por los hippies como Atlantis. Vale la pena descender por una cuesta de arena para ver las esculturas e inscripciones talladas en la roca. Los juegos de perspectivas. Parece un sueño.
 

El nuevo culto al sol
Sant Antoni de Portmany es la villa de Poniente. Su bahía se abre hacia la dirección en que el sol declina, dejando visibles las montañas de la costa peninsular. Esa peculiaridad ha hecho de Sant Antoni el lugar pionero del culto al crepúsculo. El Café del Mar fue el primero. La gente comenzó a agruparse en su terraza, o en las rocas cercanas, para ver esa caída majestuosa del disco solar sobre el mar. Y si el espectáculo era magnífico, aplaudían con entusiasmo.

El crepúsculo dio origen al “chill out” y la cultura del relajo, la música levemente hipnótica y el paisaje. Para disfrutarlo, un lugar secreto es el hostal La Torre, cerca del Cap Negret. Su terraza, abierta al horizonte, es una especie de observatorio de las barcas, los delfines y la puesta de sol. Mientras suena la música y la luz se hace densa y dorada.
 

CARLOS GARRIDO
Barcelona, 1950. Escritor, periodista y divulgador. Ha publicado una cincuentena de libros, centrados en el mundo antiguo, la arqueología y el testimonio.

En el campo del testimonio, ocupa un lugar central el libro ‘Te lo contaré en un viaje’ (2002), en el que narra la historia de su hija Alba. Pertenecen a la misma serie La memoria de las olas (2010), La estrella fenicia, memorias taumatúrgicas (2014) y La gente bella no surge de la nada (2016).

Desde el año 2011 dirige espectáculos divulgativos sobre la historia y el patrimonio, que incorporan teatro, música e iluminación. Esta faceta dio lugar a la creación de la compañía Carlos Garrido Escènic.

 

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