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Isabel Muñoz: La fotografía es el arte de todos

Marzo 2014 | ¿Ya conocías a...? | Barcelona - Madrid

Ha fotografiado las facetas más extremas del ser humano, las más bellas y las más oscuras, y, pese a haber visto casi todo, no ha perdido la capacidad de creer en las personas.
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Un repaso a la obra de Isabel Muñoz es suficiente para darse cuenta de que tiene tres obsesiones: el cuerpo, la danza y las tradiciones. Comenzando por el final, ella nos confirma que sí, que, en efecto, las tradiciones están muy presentes en su trabajo. “Lo que somos y lo que serán nuestros descendientes viene de lo que hemos sido”. Las tradiciones hablan de nosotros como seres humanos, afirma. “Tenemos que preservar todo lo que podamos: nuestra cultura, nuestra literatura, nuestra música... somos pasado, presente y futuro. No podemos entendernos sin conocer de dónde venimos”.

Isabel ha hecho fotos, muchas fotos, de ballet, tango, capoeira, danzas árabes y africanas. “La danza forma parte de mi vida. Siempre digo que naces bailando y mueres bailando. En el fondo es un pretexto para hablar de lo mismo, de la cultura, y de lo que me motiva. Además, a través de la danza hablamos de quiénes somos y cómo somos. La danza no tiene fronteras. Cuando estoy tratando de lograr una foto y no lo consigo, me digo: báilala, Isabel”.

Y el cuerpo, elemento fundamental de la danza, es también protagonista de buena parte de su obra. “El cuerpo es nuestro mejor libro; uso el cuerpo para contar historias, para hablar del ser humano”.

No todo es belleza en su trabajo. Isabel ha hecho grandes reportajes sobre temas como la esclavitud sexual en Camboya, el tráfico de inmigrantes en la frontera entre México y Estados Unidos o sobre grupos pertenecientes a la Mara Salvatrucha.

“Con ‘La Bestia. El tren del infierno’ -su trabajo sobre los emigrantes en travesía hacia EE.UU.- ves lo más abyecto del ser humano -muchos de ellos son secuestrados por mafias durante el trayecto y tratados con extrema crueldad-, pero, sin embargo, aun ahí puedes ver amor y belleza, por ejemplo, en una pareja que tiene ilusión por su futuro y se cuidan uno al otro”.

Podemos encontrar belleza en todo -dice. “Soy una persona muy positiva, creo que hay belleza y luz hasta en las partes más oscuras. Creo en el ser humano”.

Isabel es consciente del privilegio que representa ser testigo de tantas realidades, y de poder denunciarlas. “Tenemos una herramienta muy potente para contar historias, y hay que aprovecharla. La fotografía me sirve para denunciar. Pero cada vez necesito más de la parte escrita y del vídeo como testimonio”.

Pese a lo duro en muchos de los temas que trata, en sus imágenes no hay crudeza ni “casquería”. Esto responde a que, por un lado, es consciente de la sobreexposición a imágenes violentas a la que estamos sometidos constantemente a través de los medios, y que hace que la gente ya no quiera ver ciertas cosas; por otro, a su incansable búsqueda de esperanza en toda situación. “Yo busco la forma de contar los temas que me emocionan, respetando siempre la dignidad de las personas y de sus historias. Soy una testigo; el espectador termina el trabajo
al mirarlo”.

Evidentemente, una vez que se conocen algunas realidades ya no podemos seguir ignorándolas. “Nunca eres la misma después de un trabajo, muchas veces te cambia la escala de valores, se pasa mal, te quedas pensando en las personas, en cómo les habrá ido...”.

En 2010, con motivo de los 20 años de vigencia de la Convención sobre los Derechos del Niño, la Unicef la invitó a participar en un proyecto para retratar la infancia en el mundo. El proyecto se convirtió en el libro “Infancia”, en el que Isabel fotografió a niños de 20 países cuyas historias fueron contadas por periodistas de El País Semanal.

“Ese trabajo fue un regalo y me permitió ver que, pese a las tragedias que persisten, en 20 años Unicef ha hecho un gran trabajo y se ha progresado en muchos aspectos. Hay una esperanza que todos necesitamos. La vida nos vapulea a todos, pero siempre veo esa ventanita con luz”.

Cambiando de tema, le preguntamos sobre la fiebre fotográfica que han desatado los smartphones y sus aplicaciones, a lo que responde encantada: “¡Son una maravilla! Nos van a permitir hacer la historia de nuestro mundo. El día de mañana, los historiadores se apoyarán en ellos para hablar de esta época. No hay peor mentira que una media verdad y con estos teléfonos hay millones de testigos anónimos de todo lo que pasa. Es realmente fascinante”.

En su opinión, ése es el lenguaje cotidiano. “Hoy en día conoces a alguien e inmediatamente entras en su universo, conoces a sus niños, amores, amigos… por sus fotos. A mí me encantan esas fotos que se hacen las quinceañeras con los teléfonos poniendo morritos. Eso cuenta una realidad!”.

Tanta realidad, que PhotoEspaña, el festival de fotografía más importante del país, ya tiene un premio especial para imágenes hechas con smartphones. Y ella, ¿tiene smartphone? “¡Sí! ¡Y lo uso! Antes usaba una polaroid para localizar, pero ahora uso el móvil, también para hacer fotos. Muchas veces intento repetir alguna imagen conseguida con el teléfono, pero no puedo!”.

A su juicio, gracias a esto, “la fotografía se ha convertido en el arte de todos. El día de mañana ya veremos qué quedará. No me gusta medir las cosas; hay cosas que no se pueden medir, como la pasión”.—
 

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